La cera es el producto más escaso y de mayor valor de la colmena, pero la inversión retribuye rápidamente. Para el apicultor, velar por su calidad y trazabilidad es clave para asegurar la salud de sus abejas y la inocuidad de su producción.

Por Leslie Vallejos y Mayda Verde.

 

La apicultura que se practica con colmenas modernas tipo Langstroth, debe producir cera que se emplea en el propio proceso productivo convertida en láminas estampadas. Este es el único insumo que el apicultor no puede aportar al proceso productivo a partir de fuentes que no sean la colmena, por lo que esta materia prima requiere una atención especial por parte de los apicultores.

Aunque puede destinarse a la industria de cosméticos, farmacéutica o de manufactura, aproximadamente 80% de la cera que se produce es reciclada por la industria apícola y devuelta al proceso productivo (Bande, 2010). Con las láminas se renuevan las cámaras de cría, la colmena dispondrá de panales con celdas aptas para la postura de la abeja reina, se asegura la higiene, el bienestar animal y, en consecuencia, la salud de la colonia.

Una vez en la colmena, las láminas de cera estampadas son “estiradas” por las abejas para conformar los panales donde, además de ocurrir la metamorfosis del insecto, se almacenan reservas de alimento para la familia, que son las mismas que el apicultor extrae y comercializa como parte del proceso productivo.

Los panales se rotan dentro de la colmena convertidos en almacenes de miel y polen. Pasadas como máximo dos o tres cosechas, la cera se oscurece, momento en que se retira y funde, reiniciándose el ciclo.

Una buena inversión

Entre la necesaria renovación de la cámara de cría y la sustitución de panales defectuosos, se estima que una colmena requiere, como mínimo, 1 kilo de cera al año (Cuba, 1981), lo que representa de 12 a 14 láminas estampadas. Para producir este kilogramo, las abejas deben consumir entre 6 y 7 kg de miel (Medici, 2019).

A pesar de ser la cera el producto más deficitario y de más alto valor en la apicultura, la inversión que hace el apicultor en láminas estampadas  se retribuye rápidamente, pues su introducción acorta el tiempo de desarrollo de la colonia, contribuye a mejorar el estado sanitario de las familias y a la calidad e inocuidad de los productos de la colmena. Al mismo tiempo, impide consumo adicional de miel y polen por la colonia, lo que se expresa a corto plazo en mejores rendimientos productivos.

Un delicado eslabón

Recién secretada, la cera es blanca. Con el paso del tiempo se oscurece, al incorporar polen, propóleos y restos anatómicos del insecto, a lo que se suma un mayor riesgo de acumular sustancias químicas y convertirse en fuente de agentes etiológicos causantes de enfermedades en la abeja melífera.

Una elevada cantidad de residuos químicos en la cera puede originar problemas de salud en la colonia y afectar la calidad de la miel (Jiménez et al., 2006). Es importante considerar que algunos de estos residuos se fijan a la cera y pueden permanecer activos por más de diez años.

En este contexto, la cera pasa a ser el eslabón más delicado en el ciclo reproductivo del insecto y constituye uno de puntos más significativos para asegurar la calidad e inocuidad de los productos apícolas y la salud de las familias de abejas.

Es por ello que se hace urgente y necesario capacitar a los apicultores para mejorar el proceso productivo de la cera como materia prima y estandarizar la producción de láminas de cera estampadas para asegurar que los apicultores puedan entregar a los consumidores productos de la colmena con parámetros de calidad, inocuidad y trazabilidad certificados.